La mina Pulacayo cumple dos mil años de explotación minera

El pasado preincaico y prehispánico de Pulacayo, uno de los centros más ricos e importantes de la minería, que ha introducido a Bolivia al modernismo con el primer ferrocarril y ha llevado de la mano a los trabajadores del mundo a plantear la toma del poder político como forma de superar sus demandas sociales– comienza aflorar a partir de estudios etnohistórico arqueológicos divulgados a finales de la anterior década, tras el casual hallazgo en 1.990 de una tumba milenaria y el 2.005, de fundiciones indígenas de minerales, que datan, incluso, del segundo siglo de nuestra Era.

Estudios realizados por antropólogos, arqueólogos, historiógrafos coinciden, a la luz de los resultados alcanzados; “la evidencia del desarrollo de una sociedad compleja durante el 1er. milenio de nuestra Era, en un área considerada casi siempre como escasamente poblada”.

En su tiempo, Pulacayo fue una de las primeras ciudades mineras, hoy está desfalleciente. Dicen que es un pueblo sin historia, y un pueblo sin historia no tiene identidad, ni pasado y menos futuro. Los pueblos sin historia, son llamados pueblos ágrafos, en esta parte, porque se considera que su historia comenzó a escribirse con la llegada de los españoles. Es un error hablar de esa manera en este caso. En todo pulacayeño, siempre latía sentimientos de su pasado milenario, de donde venía su vocación minera y fundidora. Sus mitos y fábulas, como aquello de la “mulacayo” que dio origen a su nombre, son señales culturales de identidad que se han ido transmitiendo de generación en generación que han marcado pautas axiológicas, de juicios valorativos, de los que aprendieron a buscar su propia identidad.

De Pulacayo, no aparece más su nombre en los mapas de Bolivia, como antes cuando era productiva junto a Huanchaca. Está ubicada a 4.300 Mts de altitud, a 15 Kms. al noroeste de Uyuni, en la Provincia Quijarro, jurisdicción de Porco durante el incario, del Dpto. de Potosí. Desde allí dista 185 Kms. y 560 Kms. de La Paz, con camino asfaltado hace un par de años.

LA CASUAL TUMBA FUNERARIA

El casual hallazgo en 1.990 de una tumba funeraria –hasta ese momento intacta–, por un joven, en un lugar denominado Juchu’ypampa, cinco kilómetros al sudoeste de Pulacayo, fue el inicio de reveladores descubrimientos que pueden desentrañar el pasado milenario de este pueblo.

De su interior se exhumaron cinco individuos; tres adultos y dos niños. Probablemente murieron en una actitud violenta. Dos de ellos presentan fracturas en sus cráneos y un tercero en el antebrazo. Sometido al Carbono 14 un fragmento del hueso de uno de ellos, por la investigadora María Antonieta Costa Junqueira, del proyecto FONDECYT, corrobora un resultado de 1.250+/–40 años AP, lo cual nos da una fecha calibrada entre los años 674 y 874 de nuestra Era, clasificado como Horizonte Medio.

Los muertos fueron enterrados con diversos objetos, entre ellos; brazaletes metálicos, alfarería, como pigmentos en tres bolsitas de cuero; blanco, verde y rojo, fragmentos de calabaza, una mazorca de maíz, dos cráneos de cuy, cinco cestos dos en forma de “kero” que posiblemente sirvieron para contener chicha. También se recogieron 58 partes proximales y distales de flecha, un arco simple, además según Pablo José Cruz; “objetos en metal y parafernalia asociada con el consumo de drogas.”

También se hallaron finísimos tejidos que se asemejan a estilos Tiwanacota y de San Pedro de Atacama; “cuatro gorros, dos de ellos de cuatro puntas, 10 túnicas, una de las cuales llevaba repetida 16 veces una imagen muy similar al personaje del dintel de “Kantatayita,” una de las piezas líticas más extraordinaria por sus detalles de acabado iconográfico del conjunto de los monumentos tiwanacotas. Se encontraron, asimismo, “tres costales completos y uno fragmentado, una soga fragmentada, un cordel de fibra vegetal, fragmentos de tres prendas no identificadas de tejido grueso, dos tobilleras y una escarapela roja con plumas”.

Carolina Agüero, del Museo de Chile, que investigó minuciosamente los textiles explica que por las tramas, las figuras tejidas, formas y materiales empleados, se asemejan a tejidos tiwanacotas y de asentamientos de San Pedro de Atacama, lo que sugiere que hubieron contactos e intercambio entre caravaneros de las tres regiones, y que “los bienes circulaban dentro de ellas a través de un intercambio a nivel de dirigentes o jefes”, lo que “reafirma su carácter bicomponente, y añaden un componente local a través del tipo alfarero Yura, aportando la evidencia que probablemente señala la ruta del tráfico entre los centros de origen de los estilos identificados”.

La investigación comenzó cuando todos esos productos, saqueados, fueron ofrecidos en venta por el mencionado joven en varios puntos, incluso en el exterior, sin éxito. Anoticiado por el afán comercial y ante el peligro de que la colección fuese desmantelada, el Museo de ASUR (Antropólogos del Surandino) de Sucre, compró el conjunto de tejidos al tiempo que inicio el año 2.005, tareas de investigación, convocando a antropólogos de Bolivia, Chile y Estados Unidos para ese fin. Tras recorrer 250 Kms2 de territorio colindante con Pulacayo, en cuatro años encontraron otros 19 sitios funerarios, ocho de ellos intactos y el resto saqueadas o parcialmente saqueados, doce sitios de habitación cercanos a cursos de agua, ocho campamentos de caravaneros jaras, tres caminos prehispánicos, además de centros fundiciones indígenas de procesamiento de metales.

Los restos de combustión de uno de ellos, (carbón) ubicado en Escaramayu 10 Kms. en la misma dirección sudoeste de la mina de Pulacayo, al Carbono 14, revelaron que data de 1755+/–37 AP, que calibrados indican entre los años 190 a 390 d.C, es decir en los dos y tres primeros siglos de nuestra Era.

FUENTE: LOS TIEMPOS.